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Casa de la familia de Juana Díaz en la localidad abulense de Hoyocasero.

Casa de la familia de Juana Díaz en la localidad abulense de Hoyocasero.

Actualizado domingo 03/08/2008 08:39 (CET)

ENRIQUE BERZAL

ÁVILA.- Muy guapa, rubia, trabajadora, una excelente persona. Los adjetivos se suceden cuando preguntas a la gente mayor de Hoyocasero, un pequeño pueblo situado al suroeste de la capital abulense, por Juana Díaz García, madre de Sonsoles Espinosa y suegra, por tanto, de José Luis Rodríguez Zapatero, fallecida el 26 de julio a la edad de 80 años.

Allí, entre los cerros de Ávila, en las estribaciones de la Sierra de Gredos, en terreno pedregoso regado por el río Alberche, vino al mundo nuestra protagonista, en el seno de una familia humilde golpeada muy pronto por la tragedia más absurda. La "guapísima hija del Goyo y la Josefina", como aún la recuerdan muchos paisanos en Hoyocasero, no tardaría en verse abocada a una difícil lucha por la existencia, aunque siempre dulcificada por el cariño de la familia y los buenos amigos.

"Éramos de la misma quinta, jugábamos juntos de críos aquí, en la plaza. Pero ellos se fueron pronto, la Josefina con sus cuatro hijos. Menuda mala pata lo que les pasó", recuerda un lugareño mientras su bastón, ya tembloroso, dibuja círculos apuntando a la Plaza de España del pueblo.

Sus recuerdos brotan a borbotones, pero prefiere no dar su nombre. A todos les pasa lo mismo. "Es que está muy reciente, sabes, acaba de morir la mujer y aquí se la quería mucho. A ella y a toda su familia, al Rafa, la Supi… Es que eran muy buena gente. ¡Y venía mucho por aquí, casi todos los veranos!" Sabe de lo que habla porque, entre otras cosas, aún vive con su mujer muy cerca de la casa de los Díaz.

A Hoyocasero, desde Ávila capital, se llega por la carretera de Arenas de San Pedro, siguiendo la C-500 y después de haber dejado a la izquierda la famosa Venta del Obispo.

Madoz, en su célebre diccionario de 1846, consignó "170 casas de pobre construcción, distribuidas en dos calles y varios callejones" que componían el pueblo, una "pequeña plaza", casa consistorial de reducidas dimensiones y que incluía la cárcel, una fuente principal con sus "tres caños y dos pilones de cantería", una ermita a las afueras y, desde luego, una iglesia parroquial erigida bajo la advocación de San Juan Bautista.

Si entonces la servía un párroco con "curato de primer ascenso y de provisión ordinaria", ahora hace lo propio Juan Carlos Martín Muñoz, un cura joven de apenas 32 años que se reparte entre esta parroquia y las de Navalosa, Navarrevisca y Serranillos, pueblos todos pertenecientes al Arciprestazgo de Burgohondo.

Él también, pese a su juventud, conoce la historia de la familia de Juana Díaz. Es lunes 28 de julio y acaba de oficiar un funeral.

"¡Ya van once este año, a este paso no quedamos nadie en Hoyocasero!", se queja, impertérrito, un hombre alto y con boina que aguarda al féretro con solemne resignación.

Juan Carlos Martín, generoso y servicial, se ha molestado en buscar en el archivo parroquial, que tiene concentrado en Burgohondo, la partida de nacimiento de Juana Díaz. Aparece, con el número 31, en el folio 201 del libro XI, perteneciente a la parroquia de San Juan Bautista de Hoyocasero. Consta en ella que, siendo párroco José P. Almeida, el 28 de diciembre de 1927 fue bautizada Juana Díaz García, nacida el día anterior en la localidad abulense, e hija de Gregorio Díaz Jiménez y Josefa García Sánchez, ambos también de Hoyocasero.

Gregorio Díaz formó parte de ese contingente de la Guardia Civil que "pacificó" Ávila sin problemas

Actuaron como padrinos sus abuelos paternos, Rafael Díaz y Brígida Jiménez, y pusieron a la niña el mismo nombre que la abuela materna (Juana Sánchez), quien, al igual que su marido (Rafael García), había nacido en Hoyocasero.

Por entonces, el pueblo contaba con 1.053 habitantes, 720 más que en la actualidad.

Juana y sus tres hermanos, Exuperancia, Rafael y Eulogio, ocuparon la humilde casa de Josefa y Gregorio, situada muy cerca de la plaza. "Es ahí, en la de Manolo, el pielero", me indica el 'quinto' de Juana; "vamos, que te la enseño".

La vivienda consta de dos pisos y corral. "Arriba vive el pielero y abajo vívían el Goyo y su familia. Han seguido viniendo mucho, sobre todo los veranos", me informa, mientras su bastón se posa en el lateral derecho de la casa: "Y fíjate, aquí tenían un horno para hacer pan". Gregorio Díaz Jiménez era guardia civil de profesión. Su parte de enterramiento, que con igual generosidad ha rescatado el párroco del archivo de Burgohondo, precisa: "Guardia Civil de Puesto en el Hornillo", localidad situada a 36 kilómetros de Hoyocasero. También aquí, como tantos otros, poseía algunas tierras. "Sí, tenían muchas fincas por el pueblo, por ahí, por allá, no sólo por el monte", asegura, sentado junto al Ayuntamiento, otro que conoció bien "al Goyo, a la Josefina y a los chicos", mientras acompaña su descripción con amagos de lanzar la cachava a modo de ráfaga.

El terrible julio

Cuando el 17 de julio de 1936 llegaron a Ávila las noticias del alzamiento militar iniciado en África contra el gobierno republicano, la capital apenas contaba con una potente guarnición militar. Poco más allá, apunta María del Mar González de la Peña, de cincuenta miembros entre profesores, alumnos y soldados al servicio del Colegio Preparatorio Militar de Suboficiales y Sargentos, que en aquellas fechas estaba prácticamente vacío.

La desgracia fue como un capricho macabro de la mala suerte. La culpable, una bala perdida

Mayor relevancia tenía, desde luego, el contingente de la Guardia Civil, del que formaba parte Gregorio Díaz: en total, lo componían más de 200 hombres que integraban dos compañías. Los altos mandos estaban al cabo de lo que se estaba gestando.

De hecho, el teniente coronel de la Guardia Civil, Romualdo Almoguera Martínez, que de inmediato se puso al frente de la sublevación, no tardó en emitir la orden a los puestos más importantes de la provincia para que se presentasen en la capital con la mitad de la guarnición. Al mismo tiempo, se negó a acatar el mandato del gobernador, Manuel Ciges, y del diputado, Felipe García Muro, de repartir armas al pueblo.

La orden de los sublevados llegó a Ávila capital el día 19; Vicente Costell Lozano, comandante de Infantería accidental de la Plaza, resultó nombrado jefe militar del Alzamiento. Militares y guardias civiles apenas encontraron resistencia para hacerse con el poder, detener a las principales autoridades republicanas y clausurar la Casa del Pueblo.

El 20 de julio, Ávila había sido tomada por los sublevados. Poco más tardaría el capitán Alcázar en hacer lo mismo en Hoyocasero, otro "paseo militar". Gregorio Díaz formó parte de ese contingente de la Guardia Civil que "pacificó" sin problemas la capital abulense. Pero no murió en agosto de 1936, por más que se empeñen algunos en 'jugar' con un forzado paralelismo entre su muerte y la del capitán Lozano, abuelo paterno de Zapatero fusilado por los 'nacionales': la partida de defunción de Díaz, que aparece en el tercer folio del tomo 78 del Registro Civil, está fechada el 24 de octubre de 1937, en Ávila capital. Falleció, continúa el documento, en el Hospital de Sangre, a consecuencia de "heridas de fuego en zona abdominal"; curiosamente, quien redactó la partida sabía que estaba casado con Josefa García Jiménez pero desconocía si dejaba huérfanos.

Su cuerpo, tal y como consta en el parte de enterramiento de la parroquia de Hoyocasero, fue depositado en el cementerio de la localidad al día siguiente. Tenía 39 años. Actuaron como testigos del sepelio Peregrín Vázquez y Basilio González.

Edificio donde se encontraba el estanco que regentó la madre de Juana.

Edificio donde se encontraba el estanco que regentó la madre de Juana.

Su participación en el bando sublevado durante la guerra no tardó en desatar la fábula: "Lo mataron los rojos", sostiene aún una vecina que también conoció a la familia. Nada más lejos de la realidad. La desgracia ocurrió de manera fortuita, como un capricho macabro de la mala suerte. La culpable, una bala perdida cuya origen también es objeto de variadas conjeturas: "Le alcanzó un disparo de un cazador", apunta un familiar; "murió en un accidente provocado por un compañero que limpiaba el arma", sostiene un escritor; y un vecino de Hoyocasero, mirando fijamente a la fuente que preside la plaza, sentencia: "Yo me lo sé bien: estaba haciendo guardia en la dehesa con un compañero, se apartó un rato y el guarda, que lo vio entre matorrales, le pegó un tiro. Luego dijo que se había confundido con un animal".

Buscarse la vida

Juana Díaz aún no había cumplido los diez años cuando sobrevino el infortunio. Su madre, viuda y con cuatro hijos, tuvo que buscarse la vida para poder sobrevivir en aquellos años de penuria y postración.

En Ávila capital, la casa humilde de la calle Virgen de la Soterraña recibió con alegría la concesión de un estanco en la calle Vallespín, medida social adoptada por el Régimen franquista para auxiliar, como era preceptivo en la época, a una viuda de guardia civil.

"Es que pasaron muchas penalidades. Con ellos vivía un tío, que era maestro particular y que intentaba publicar algunas cosas, pero las imprentas no se lo daban de paso. Por eso el estanco fue una 'salvación'. Lo llevaba el hermano, Rafa, y en él también trabajó Juana", recuerda un testigo de esos momentos.

Más adelante, el negocio cambiaría de lugar hasta su emplazamiento definitivo junto a la vía de los comercios, frente a la desaparecida ferretería La llave, muy cerca del Mercado Chico.

Pero fue en la calle Vallespín donde Juana García, que primero había estudiado en "la escuela particular del señor Rufino hasta el examen de ingreso", recuerda otro familiar, encontró al que sería el amor de su vida. Y es que en la Academia de Intendencia de Ávila, situada precisamente en dicha calle, había recalado el soldado Ramón Espinosa Armendáriz, procedente de la Academia Especial de Villaverde.

En el mismo estanco de los Díaz, donde solía ir a comprar tabaco a diario, conoció a Juana y se enamoraron. "Es que ella era guapísima, llamaba la atención, era rubia, tan maja; y claro, él, con los galones, deslumbraba", apunta un amigo de la familia.

Juana Díaz y Ramón Espinosa se casaron en Ávila en 1959. Él, hombre de ideas liberales y lector empedernido, había nacido en la localidad burgalesa de Revenga de Muñó y era tres años y casi diez meses mayor que su esposa.

En León, previo paso por Burgos y Ávila, culminará su carrera con grado de comandante y jefe de Intendencia del Gobierno Militar.

Como era natural, al matrimonio no le quedó más remedio que peregrinar siguiendo el curso de los diferentes destinos militares. Dos años después de la boda, en noviembre de 1961, Juana Díaz regresó circunstancialmente a Ávila para dar a luz a Sonsoles Espinosa, esposa del actual presidente del Gobierno.

"Aunque se marchó de aquí cuando destinaron a su marido, siempre estuvo muy apegada a Ávila, por eso puso a su hija el nombre, tan abulense, de Sonsoles; al primogénito le pusieron como el padre", apunta un familiar; "además, era costumbre entonces dar a luz en la ciudad donde habías nacido y donde aún estaba la familia; y su madre, Josefina, no murió hasta el 11 de junio muerte de 2000, ¡con cien años!"

2000 trajo, además, un nuevo cambio en su vida. A finales de julio, el triunfo de la candidatura de José Luis Rodríguez Zapatero en el 35 Congreso Federal del PSOE obligó a su hija a trasladarse a Madrid.

A Juana Díaz, viuda desde mayo de 1995, ya no le quedaba nadie en León. Hacía tiempo que su otro hijo, Ramón, funcionario de la Administración Central, se había casado y vivía en Zaragoza. Así que decidió acompañar al matrimonio.

En un apartamento de la capital de España vivió hasta que el progresivo agravamiento de un cáncer hizo necesario cuidarla en el mismo Palacio de la Moncloa. Juana Díaz murió el sábado 26 de julio en el Hospital Clínico madrileño, donde había sido ingresada algunos días antes.





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