Submarinos nazis en argentina fotos


En la foto: El mártir venezolano Oscar Pérez, asesinado por el régimen de Maduro y Diosdado Cabello

Por, Dr. Luis Conte Agüero 

Domingo enero 21. Venezuela. Caracas. En este Cementerio del Este… este entierro pequeño y callado invita al orgullo supremo y la suprema tristeza. Oscar Pérez ha ganado el Oscar; un Oscar histórico, distinto y magno.

En la cima de una colina de la alta capital venezolana se izan banderas de dignidad y dolor humanos. Nublado, une el cielo su tristeza a la limitada concurrencia que ha podido enfrentar con dolor y firmeza la resistencia tiránica a toda demostración popular que, aunque imponente y conmovida, refleje fielmente el anhelo y la esperanza venezolana de libertad. La lección paradójica viaja en la propia limitación de la concurrencia. Unas treinta personas reflejan la magnitud de la tiranía y la necesidad de erradicarla.

No está la viuda de Oscar. No están sus hijos. Están fuera del país. Está una tía con su hija. Está la tristeza. Está la cometa que vuela con la palabra libertad. Está el sacerdote, firme de cuerpo y coraje, que acude con deber y fe y su firme despedida a quien asciende a eternidades. Y están flores verdaderas y flores fabricadas que, aunque sin perfume, desbordan esencia patriótica y tienen magnitud de jardín.

Un día antes, intentado despojar a los patriotas de toda resonancia, la tiranía ha separado y sepultado los cadáveres; ha enterrado el entierro de seis compañeros de Oscar. Ya antes había enterrado a dos de sus propios seguidores, asesinados por ellos mismos en afán malvado de mostrar un combate que no hubo.

Tanta impiedad asombra al asombro. Aunque ellos saben que se sabe la falsificación, se aferran a esta bestialidad jurídica de encubrimiento. Notoria verdad sin admisión ni confesión.  Después la maquinaria del poder, mientras el poder permanezca, insistirá en mentir y fabricar su versión de los hechos, contra las evidencias incontrastables de su crimen alevoso y estúpido.

También lastiman de fuentes independientes -aunque sean habituales en el procedimiento- términos como investigación sobre presuntas irregularidades, intento de desaparecer las evidencias, demolición de la casa donde estaban las víctimas… y otras expresiones y palabras sinuosas ante la presencia despiadada y sangrienta de las ejecuciones brutales.

Oscar mismo es quien habla; es quien pide con la sangre en el rostro herido; es la entrega en denuncia; es denuncia con honor al que no renuncia. Y muestra las paredes heridas por proyectiles poderosos. El uso de armas exclusivas para encuentros bélicos. Parece albergar alguna esperanza de salvación.

PERO NO- La orden de matar ha sido dada… y se ejecuta la ejecución sangrienta. La tiranía desafía el qué dirán. Se siente inmune e impune. Y he ahí El lugar-tumba, destruido, barrido, como si no hubiera existido.

Y esto no ocurre en una selva lejana de la civilización donde todavía haya gente en taparrabos. El escenario es América Latina. Es Venezuela. Es la supuesta civilización. Es la civilización fusilada.

Así se muestra qué límites puede alcanzar la más sangrienta cobardía aferrada al miedo y al poder; negada a retirarse para que la venezolanidad sin trampa ni secuestro decida libremente su destino.

Aquí se quiere que termine la historia del piloto, paracaidista, buzo, actor, que intentando levantar al pueblo contra la dictadura, secuestró un helicóptero para sobrevolar el edificio del Tribunal Supremo de Justicia, lanzar granadas de humo y disparar al Ministerio de Interior -símbolo de la represión brutal- y escapó tras pasar cerca del Palacio de Gobierno.

Este accionar, utilización de las redes sociales, llamamientos cálidos de patria y deber, asomo en alguna que otra marcha oposicionista, actividades en procura de solidaridad y sublevaciones, no ganó credibilidad. Pareció ilusorio o infantil o, peor, patraña oficial para alentar incautos y rendirlos después al Madurato.

Se le negó justicia en vida por dudas de su verdad. Tampoco condenamos a quienes lo condenaban. Porque los tiempos modernos abundan en impudicias. Juntamente al desarrollo de una personalidad, crece la suspicacia. El reto enorme invita a la duda. En los nuevos escenarios del mundo la falsedad está de moda. La magnitud de la media invita a los extremos. Y la superchería fatiga.

No fue así en el caso de Oscar. Oscar a nadie mató y a nadie dañó. Cuidó siempre la vida ajena. Se equivocaron quienes lo creyeron señuelo para atraer a la insurrección a incautos que entregar al régimen. Nada más lejos de su intención. Pero se sospecha del desafío de tanta magnitud. Y era magno su reto como canto a lo imposible.

Y esto, precisamente, llama al tributo. Toda la duda de ayer, vuélvase canto. Sea himno mayor la justicia histórica que lo honre y exalte.

Corresponde a los Estados Unidos participar en la justicia. Como desagravio por la apresurada y torpe declaración oficial lamentando bajas del gobierno que fueron causadas por el propio gobierno para aparecer también teniendo víctimas.

Una crónica del periodista Antonio María Delgado esclarece la terrible verdad Dos integrantes de la banda paramilitar conocida como el Colectivo Tres Raíces murieron durante la operación de asalto que estremeció a Venezuela el lunes  al ser transmitida en tiempo real por el propio Pérez a través de las redes sociales. Pero los dos chavistas fueron asesinados por otros hombres del régimen de Nicolás Maduro, en un intento por simular un enfrentamiento que justificara la muerte de Pérez y de su grupo, dijeron fuentes policiales. Los tiros fueron por la espalda. Ellos –los integrantes del colectivo- fueron caminando hacia la casa donde les habían dicho que estaba Oscar Pérez, pero ni siquiera sabían donde estaba el grupo de acciones especiales que terminó disparando contra ellos: dijo una fuente policial venezolana que habló bajo condición de anonimato.

¡Basta. Venezuela no merece tan brutal castigo. Ni tampoco pueblos vecinos y amigos víctimas del tráfico de drogas y crímenes sistemáticamente perpetrados por gavillas que no vacilan en impiedades y salvajadas. Y duele que el gobierno de los Estados Unidos envíe condolencias a la tiranía de Maduro por la muerte de gente matada por ella. Es principio jurídico que la culpa lata se equipara al dolo. Aunque no haya intención de delinquir, tanta torpeza equivale a delito. Así nuestro gobierno norteamericano delinque al expresar condolencias al victimario.

Porque ahora todo ha cambiado. No había ficción, sí corazón venezolano latiendo rebeldías y dispuesto a cesar para que otra vida comenzara en la leyenda, leyenda legítima de patriotismo y sacrificio.

No siempre Hollywood acierta en sus producciones y cintas históricas. Se ha tendido mucho al izquierdismo, la demagogia, la deformación. Se comprende que el lucro es el objetivo primero de todo negocio. Pero ha abundado en lo maldito. Sin embargo, en este caso apelamos a sus vastos poderes, recursos y experiencias, para lograr la magnitud dramática e histórica de una cinta viva, bañada en sangre de idealidad y justicia.

Anímese un productor a intentarlo. Y hay capitales venezolanos en el exterior con recursos suficientes para el empeño. Lo sugiero y propongo y suplico. Para que crimen tan impúdico no permanezca impune; sí alzado en denuncia, reprobación, castigo. Castigo moral que contribuya al castigo real contra la tiranía ladrona y grosera, y permita al mártir vivir en el recuerdo hecho deber y combate, continuar su camino, realizar su destino, alcanzar la justicia histórica.

Qué Oscar no perezca. Que Oscar permanezca. Que Oscar gane su Oscar de Patria y Dios.

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